Parte 2 Capítulo 19 - Piensan en su futuro y antes quieren conocer la isla a fondo

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/04/2019 - 12:47

Piensan en su futuro y antes quieren conocer la isla a fondo

Recuerdos de la patria. — Las ocasiones futuras. — Proyecto de reconocimiento de las costas de la isla. — Partida del 16 de abril. — La pequeña Península Serpentaria vista desde el mar. — Los basaltos de la costa occidental. — Mal tiempo. — Llega la noche. — Nuevo suceso.

Parte 2 Capítulo 19

¡Dos años! ¡Y en dos años los colonos no habían tenido ninguna comunicación con sus semejantes! Estaban sin noticias del mundo civilizado, perdidos en aquella isla, como si se hallasen en el más pequeño asteroide del mundo solar.

¿Qué pasaba en el país? El recuerdo de la patria continuaba vivo en su mente, de aquella patria destrozada por la guerra civil, cuando salieron de ella y tal vez se vería aún ensangrentada por la rebelión del Sur. Este pensamiento era muy doloroso para los colonos y muchas veces hablaban de ello, sin dudar jamás, a pesar de todo, del triunfo de la causa del Norte, como lo exigía el honor de la confederación americana.

En aquellos dos años ni un buque había pasado a la vista de la isla, al menos no habían percibido una vela. Era evidente que la isla Lincoln estaba fuera del rumbo acostumbrado de los buques y hasta era desconocida, lo cual, por otra parte, estaba demostrado por los mapas, porque, a falta de puerto, su aguada debía atraer a los barcos que tuviesen necesidad o deseo de renovar su provisión de agua. Pero el mar que la rodeaba continuaba desierto en toda la extensión a que alcanzaba la vista y los colonos debían contar solo con ellos para volver a la patria.

Sin embargo, había una probabilidad de salvación y esta fue discutida precisamente un día de la primera semana de abril por los colonos reunidos en el Palacio de granito.

Acababan de hablar de América y del país natal, el cual tan poca esperanza tenían los colonos de volver a ver.

—Decididamente —dijo Gédéon Spilett— no tendremos más que un medio, uno solo, de salir de la isla Lincoln: construir un buque bastante grande para poder hacer en él una travesía de muchos centenares de millas. Me parece que quien hace una chalupa, bien puede hacer un buque.

—Y puede ir a las islas Pomotu —añadió Harbert— el que ha llegado hasta Tabor.

—No digo que no —repuso Pencroff, que tenía siempre voto preferente en las cuestiones marítimas—; no digo que no, aunque no es lo mismo hacer una travesía corta que hacerla larga. Si nuestra chalupa se hubiera visto amenazada de algún mal golpe de viento en su viaje a Tabor, sabríamos que el puerto no estaba lejos, pero mil doscientas millas son mucha distancia. Eso hay que andar al menos para llegar a la tierra más próxima.

—Y en caso necesario, Pencroff, ¿no intentaría esa aventura? —preguntó el periodista.

—Yo soy capaz de intentar todo lo que se quiera, señor Spilett —contestó el marino— y sabe muy bien que no me tiro para atrás.

—Ten presente también —observó Nab— que ahora contamos con otro marino.

—¿Quién? —preguntó Pencroff.

—Ayrton.

—Justo —dijo Harbert.

—¡Si consiente en venir! —observó Pencroff.

—¡Bueno! —dijo Spilett—. ¿Cree que, si el yate de lord Glenarvan se hubiera presentado en la isla Tabor, cuando Ayrton la habitaba todavía, se habría negado nuestro compañero a marchar?

—Olvidan, amigos míos —dijo entonces Cyrus Smith—, que Ayrton, durante los últimos años de su estancia en aquel islote, había perdido la razón. Pero la cuestión no es esa: la cuestión es si debemos contar, entre las probabilidades que tenemos de salvación, con la vuelta del buque escocés. Ahora bien, lord Glenarvan prometió a Ayrton venir a recogerlo a la isla Tabor, cuando creyera expiados sus crímenes. Creo que vendrá.

—Sí —dijo el corresponsal—. Añadiré que vendrá pronto, porque hace doce años que Ayrton fue abandonado.

—¡Ah! —exclamó Pencroff—. Estoy de acuerdo en que ese lord volverá y hasta en que volverá pronto. Pero ¿adónde arribará? ¿A la isla Tabor o a la Lincoln?

—Ahí está, sobre todo porque la isla Lincoln no está en ningún mapa dijo Harbert.

—Por eso, amigos míos —observó el ingeniero—, debemos tomar las precauciones necesarias para poner en la isla Tabor una señal que indique nuestra existencia y la de Ayrton en Lincoln.

—Evidentemente —repuso el periodista— y nada más fácil que depositar en aquella cabaña, que fue morada del capitán Grant y de Ayrton, una nota que dé la situación de nuestra isla, noticia que lord Glenarvan o su tripulación no puede menos de encontrar.

—Es una lástima —dijo el marino— que olvidásemos esa precaución en nuestro primer viaje a la isla Tabor.

—¿Y cómo la íbamos a tomar? —repuso Harbert—. No conocíamos en aquel momento la historia de Ayrton; ignorábamos que algún día irían en su busca y cuando hemos conocido esta historia, la estación estaba muy avanzada y no nos ha permitido volver a la isla Tabor.

—Sí —dijo Cyrus Smith—; es demasiado tarde y habrá que aplazar esa travesía para la primavera próxima.

—¿Y si entretanto viniera el yate escocés? —dijo Pencroff.

—No es probable —repuso el ingeniero—, porque lord Glenarvan no elegirá el invierno para aventurarse en estos mares lejanos. O ha venido a la isla Tabor desde que Ayrton está con nosotros, es decir, desde hace cinco meses y se ha marchado ya, o vendrá más tarde y habrá tiempo, cuando lleguen los primeros días buenos de octubre, de ir a la isla Tabor para dejar allí esa nota.

—Sería una verdadera desgracia —dijo Nab— que el Duncan se hubiese presentado en estos mares durante esos cinco meses.

—Espero que no —dijo Cyrus Smith— y que el cielo no nos haya privado de la mejor probabilidad de salvación que nos queda.

—Creo —observó Spilett— que de todos modos sabremos a qué atenernos, cuando hayamos vuelto a la isla Tabor, porque, si los escoceses han estado en ella, necesariamente habrán dejado huellas de su paso.

—Es evidente —contestó el ingeniero—. Así, pues, amigos míos, ya que tenemos esta probabilidad de volver a nuestra patria, esperemos con paciencia. Si falla, entonces veremos lo que hemos de hacer.

—En todo caso —dijo Pencroff— quede sentado que, si salimos de la isla Lincoln de una manera o de otra, no será porque en ella nos haya ido mal.

—No, Pencroff —repuso el ingeniero—; será porque aquí estamos lejos de todo lo que más ama el hombre en el mundo: su familia, sus amigos, su país natal.

Resuelto así el asunto, no se volvió a tratar de emprender la construcción de un buque bastante grande para aventurarse a un viaje en dirección de los archipiélagos, hacia el norte, o de Nueva Zelanda, hacia el oeste. Se ocuparon únicamente los colonos en las tareas acostumbradas para prepararse a pasar el tercer invierno en el Palacio de granito.

Sin embargo, se acordó también que antes que llegara el mal tiempo se emplearía la chalupa en un viaje alrededor de la isla. No estaba terminado todavía el reconocimiento completo de las costas, era muy imperfecta la idea que tenían los colonos del litoral al oeste y al norte, desde la desembocadura del río de la Cascada hasta el cabo Mandíbula, así como de la estrecha bahía que se abría entre ellos como una quijada de tiburón.

Pencroff propuso aquella excursión. Cyrus Smith la aprobó, porque quería examinar por sí mismo toda aquella parte de sus dominios.

El tiempo estaba entonces variable, pero el barómetro no oscilaba con movimientos bruscos y podía contarse con poder hacer una navegación feliz. Precisamente en la primera semana de abril, después de una baja barométrica, se señaló la subida por un fuerte viento del oeste, que duró cinco o seis días; después la aguja del instrumento volvió a quedar fija en una altura de veintinueve pulgadas y nueve décimas (759 mm) y las circunstancias parecieron propicias para la exploración.

Se fijó la partida para el día 16 de abril y se transportaron al Buenaventura, que estaba anclado en el puerto del Globo, las provisiones necesarias para un viaje de alguna duración.

Cyrus Smith anunció a Ayrton la expedición proyectada, invitándole a tomar parte en ella, pero este optó por establecerse en el Palacio de granito durante la ausencia de sus compañeros. Maese Jup debía hacerle compañía, a lo cual no opuso ninguna objeción.

El 16 de abril, por la mañana, todos los colonos, acompañados de Top, se embarcaron. El viento soplaba del sudoeste: era una brisa y el Buenaventura, al salir del puerto del Globo, tuvo que voltejear para tomar el promontorio del Reptil.

De las noventa millas que medía el perímetro de la isla, unas veinte pertenecían a la costa del sur, desde el puerto hasta el promontorio. De aquí la necesidad de andar esas veinte millas navegando de bolina, porque el viento era absolutamente de proa.

Hubo que emplear todo el día para llegar al promontorio, porque la embarcación, al salir del puerto, no encontró más que dos horas de flujo, que le fue muy difícil de aguantar. La noche había llegado ya cuando el Buenaventura dobló el promontorio.

Pencroff propuso entonces al ingeniero continuar el viaje lentamente con dos rizos de la vela, pero Cyrus Smith prefirió fondear a pocos cables de tierra, a fin de examinar aquella parte de la costa cuando llegara el día. Se acordó también que, puesto que se trataba de una exploración minuciosa del litoral, no se navegaría durante la noche y que, al atardecer, se anclaría cerca de tierra, mientras el tiempo lo permitiese.

Pasaron la noche al abrigo del promontorio y habiendo caído el viento con la bruma, no se turbó el silencio de las horas nocturnas. Los pasajeros, a excepción del marino, durmieron quizá algo peor a bordo del Buenaventura, de lo que habrían dormido en sus habitaciones del Palacio de granito, pero durmieron.

Al día siguiente, 17 de abril, al amanecer, aparejó Pencroff y con viento largo y amuras a babor, pudo abarloarse a la costa occidental.

Los colonos conocían aquella costa frondosa, puesto que habían recorrido a pie sus orillas; sin embargo, excitó de nuevo toda su admiración. Iban costeando lo más cerca posible de tierra, moderando la velocidad del buque para poder observarlo todo y teniendo solamente cuidado de no chocar con algunos troncos de árboles que flotaban acá y allá. Muchas veces echaron el ancla para que Gédéon Spilett tomara varias vistas fotográficas de aquel magnífico litoral.

Hacia las doce de la mañana el Buenaventura llegó a la desembocadura del río de la Cascada. Al otro lado, en su orilla derecha, volvían a presentarse los árboles, pero más esparcidos y tres millas más lejos no formaban más que pequeños grupos aislados, entre los contrafuertes occidentales del monte, cuya árida ladera se prolongaba hasta el litoral.

¡Qué contraste entre la parte sur y la parte norte de aquella costa! Tan frondosa y verde como era aquella, era esta áspera y escarpada. Parecía como una de esas costas de hierro, como las llaman en ciertos países y su violenta contextura indicaba que se había producido una verdadera cristalización en el basalto, aún hirviente, de las épocas geológicas: amontonamiento de aspecto terrible, que hubiera espantado a los colonos si la casualidad les hubiese arrojado sobre aquella parte de la isla. Cuando estaban en la cima del monte Franklin, no habían podido reconocer el aspecto profundamente siniestro de aquella playa, porque la dominaban desde un punto demasiado alto; pero visto desde el mar, se presentaba aquel litoral con un carácter tan extraño, que no era fácil encontrar otro equivalente en ningún rincón del mundo.

El Buenaventura pasó por delante de aquella costa, siguiéndola por espacio de media milla y entonces fue fácil ver que se componía de bloques de todas dimensiones, desde veinte hasta trescientos pies de altura y de todas formas, cilíndricos como torres, prismáticos como campanarios, piramidales como obeliscos, cónicos como chimeneas de fábrica. Un ventisquero de los mares glaciales no se hubiera dibujado más caprichosamente en su sublime horror. Aquí puentes arrojados de una roca a otra; allá arcos dispuestos como los de una nave, cuya profundidad no podía descubrir la mirada; en un sitio grandes excavaciones, cuyas bóvedas presentaban un aspecto monumental; en otros un verdadero caos de puntas, de pirámides pequeñas y de flechas, como jamás ha contado ninguna catedral gótica. Todos los más variados caprichos de la naturaleza contribuían a formar aquel litoral grandioso que se prolongaba en una longitud de ocho a nueve millas.

Cyrus Smith y sus compañeros le miraban con una sorpresa que rayaba en la estupefacción; pero si permanecían mudos, Top, por su parte, no dejaba de lanzar ladridos, que eran repetidos por los mil ecos de la muralla basáltica. El ingeniero llegó a observar que aquellos ladridos tenían algo raro, como los que el perro lanzaba a la boca del pozo del Palacio de granito.

—¡Atraquemos! —dijo.

Y el Buenaventura vino a pasar rasando todo lo posible las rocas del litoral. ¿Existiría alguna gruta que conviniese explorar?… Cyrus Smith no vio nada, ni una caverna, ni una anfractuosidad, que pudieran servir de retiro a un ser cualquiera, porque el pie de las rocas se bañaba en la resaca misma de las aguas. Pronto cesaron los ladridos de Top y la embarcación recobró la distancia que antes llevaba a pocos cables del litoral.

En la parte noroeste de la isla la playa volvió a presentarse llana y arenosa. Algunos árboles raros se levantaban sobre una tierra baja y pantanosa, que los colonos habían entrevisto ya; y contrastando violentamente con la otra costa tan desierta, la vida se manifestaba allí por la presencia de miríadas de aves acuáticas.

Por la tarde el Buenaventura fondeó en una pequeña ensenada del litoral, al norte de la isla y bastante cerca de tierra, pues las aguas eran muy profundas en aquel sitio. La noche transcurrió pacíficamente, porque la brisa se extinguió, por decirlo así, con los últimos resplandores del día y no volvió a presentarse hasta las primeras claridades del alba.

Como era fácil acercarse a tierra, aquella mañana los cazadores oficiales de la colonia, es decir, Harbert y Gédéon Spilett, fueron a dar un paseo de dos horas y volvieron con muchas sartas de patos y becasinas.

Top había hecho maravillas y no había perdido ni una pieza, gracias a su celo y actividad.

A las ocho de la mañana el Buenaventura aparejaba y navegaba rápidamente subiendo hacia el cabo Mandíbula Norte, porque llevaba viento en popa y la brisa tendía a refrescar.

—Por lo demás —dijo Pencroff—, no me admiraría que se preparase alguna racha del oeste. Ayer el sol se puso detrás de un horizonte rojo y esta mañana he visto colas de gato, que no me presagiaban nada bueno.

Aquellas colas de gato eran cirros esparcidos por el cenit y cuya altura no es nunca inferior a cinco mil pies sobre el nivel del mar. Parecían ligeros copos de algodón, cuya presencia anuncia ordinariamente alguna próxima alteración de los elementos.

—Pues bien —dijo Cyrus Smith—, despleguemos toda la tela que se pueda y vamos a buscar refugio al golfo del Tiburón. Creo que allí el Buenaventuraestará seguro.

—Perfectamente —respondió Pencroff—; por otra parte, la costa del norte no tiene más que dunas insignificantes.

—No me desagradaría —añadió el ingeniero— pasar la noche y también el día de mañana en esa bahía, que merece una exploración detenida.

—Creo que, queramos o no, tendremos que detenernos en ella —repuso Pencroff—, porque el horizonte empieza a presentarse amenazador por la parte oeste. ¡Vea cómo se va cubriendo!

—En todo caso tendremos buen viento para llegar al cabo Mandíbula observó el periodista.

—Muy bueno —contestó el marino—, mas para entrar en el golfo será necesario dar bordadas y preferiría ver claro en estos parajes que no conozco.

—Parajes que deben estar sembrados de escollos —observó Harbert—, si se ha de juzgar por lo que hemos visto en la costa meridional del golfo del Tiburón.

—Pencroff —dijo entonces Cyrus Smith—, haga lo que mejor le parezca. Tenemos confianza en usted.

—Esté tranquilo, señor Cyrus —respondió el marino—, que no me expondré sin necesidad. Preferiría una cuchillada en mis obras vivas a una pedrada en mi Buenaventura.

Lo que Pencroff llamaba obras vivas era la parte sumergida de la quilla de su embarcación, a la cual cuidaba más que a su propia piel.

—¿Qué hora es? —preguntó el marino.

—Las diez —contestó Gédéon Spilett.

—¿Y a qué distancia estamos del cabo, señor Cyrus?

—A unas quince millas —repuso el ingeniero.

—Es cuestión de dos horas y media —dijo entonces el marino— y estaremos en el cabo entre las doce y la una. Por desgracia la marea estará bajando en ese momento y habrá en el golfo una corriente de reflujo. Temo que sea difícil entrar teniendo viento y mar contra nosotros.

—Tanto más —observó Harbert— que hoy es luna llena y estas mareas de abril son peligrosas.

—Y bien, Pencroff —preguntó Cyrus Smith—, ¿no puede usted fondear en la punta del cabo?

—¡Fondear cerca de tierra con mal tiempo en perspectiva! —exclamó el marino—. ¿Lo ha pensado bien, señor Cyrus? Eso sería querer estrellarse voluntariamente contra la costa.

—Entonces, ¿qué va a hacer?

—Tratar de mantenernos al largo hasta la hora del flujo, es decir, hasta las siete de la tarde y si entonces hay posibilidad, intentaré entrar en el golfo; si no, continuaremos corriendo bordadas durante toda la noche y entraremos mañana al salir el sol.

—Ya le he dicho, Pencroff, que confiamos en su experiencia —respondió Cyrus Smith.

—¡Ah! —dijo Pencroff—, ¡si al menos hubiese un faro en esa costa! Sería más cómodo para los navegantes.

—Sí —añadió Harbert—, tanto más que esta vez no tendremos un ingeniero previsor que encienda una hoguera para guiamos al puerto.

—A propósito, mi querido Cyrus —dijo Gédéon Spilett—, no le hemos dado las gracias por aquel fuego que encendió; pero la verdad es que, si no se le hubiera ocurrido encenderlo, jamás habríamos podido llegar…

—¿Un fuego? —preguntó Cyrus Smith, muy admirado de las palabras del periodista.

—Aludimos, señor Cyrus —dijo Pencroff—, a la situación embarazosa en que nos vimos a bordo del Buenaventura en las últimas horas que precedieron a nuestro regreso; porque habríamos pasado a sotavento de la isla sin la precaución que usted tomó de encender una hoguera en la noche del 19 al 20 de octubre en la meseta del Palacio de granito.

—¡Sí, sí…! Fue una idea feliz —repuso el ingeniero.

—Y ahora —añadió el marino—, a no ser que a Ayrton se le ocurra la misma idea, no habrá nadie que pueda hacernos este pequeño servicio.

—No, nadie —contestó Cyrus Smith.

Pocos instantes después, hallándose solo en la proa de la embarcación con el periodista, se inclinó a su oído y le dijo:

—Si hay algo cierto, Spilett, es que yo no he encendido hoguera ninguna en la noche del 19 al 20 de octubre, ni en la meseta del Palacio de granito ni en ninguna otra parte de la isla.